Una guía espiritual sobre propósito, enfoque y obediencia en la vida cristiana.
La vida cristiana es presentada como una carrera, no como un paseo sin dirección. El apóstol Pablo, en Filipenses 3:13-14, nos recuerda que debemos olvidar el pasado y avanzar con la mirada fija en la meta.
Correr bien enfocado implica saber a quién pertenecemos y hacia dónde vamos. No es solo correr, sino correr con fe, obediencia y esperanza.
El final de esta carrera es glorioso: la vida eterna, las bodas del Cordero y la recompensa celestial pagada por Cristo.
Un viaje sin propósito produce frustración, dolor y vacío. El pueblo de Israel, aunque fue liberado de Egipto, perdió el enfoque en el desierto y vagó 40 años sin avanzar.
Cuando una persona no sabe a quién pertenece ni para qué vive, pierde el sentido de la vida.
El desenfoque comienza con la desobediencia. Saúl inició bien, pero al no obedecer la palabra de Dios, perdió su llamado.
Escuchar lo que no debemos, la impaciencia y los yugos desiguales también conducen a un viaje sin destino.
Dios nos llama a vivir una vida con propósito. No estamos destinados a vagar sin rumbo, sino a correr una carrera bien enfocada, sostenidos por la fe, guiados por la obediencia y fortalecidos por el amor de Cristo.