El factor catalizador, acelerador e impulsor del Evangelio
La Iglesia es un factor catalizador, acelerador e impulsor. Siempre que la Iglesia llega a una comunidad, se producen cambios; la Iglesia nunca puede pasar desapercibida.
«Habla, y no calles.» — Hechos 18:9 (Visión dada a Pablo para sostener la tarea misionera)
La historia demuestra que la proclamación del Evangelio causa transformación social:
No necesitamos iglesias que solo nos recuerden la historia de guerras o glorias pasadas; necesitamos iglesias que hablen del Dios de hoy, que sigue obrando milagros.
La palabra no puede quedar secuestrada en los templos. La iglesia tiene que seguir teniendo voz en las grandes ciudades, en los pueblos, construyendo cultura, familia y futuro en Europa.
«¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?» — Romanos 10:14
Los métodos y estrategias son herramientas para llevar la palabra, pero lo que Dios urge es la voz y la verdad de Su palabra. Según Hechos 6:7, cuando la palabra del Señor crecía, el resultado inmediato era la multiplicación de los discípulos y de las iglesias.
Predicar el Evangelio no es un hobby, es una inversión: Requiere recursos, trabajo, ganas, deseo y lucha contra la adversidad. Si no quieres trabajar, sufrir o gastar, no vas a predicar.
Basado en Jeremías 50:2 y Isaías. La bandera habla de visibilidad, de identidad y de convocatoria. Nuestra identidad no es una denominación, es Cristo Jesús. No promovemos ministerios ni redes sociales; promovemos a Cristo, que debe ser levantado ante el mundo sin manipulación ni encubrimiento.
El denuedo (término asociado al concepto de boldness o libertad interior sin tabúes) no es una personalidad extrovertida ni se aprende en libros de coaching; proviene de la intimidad con Dios. Significa decirlo todo, soltar todo el consejo de Dios sin temor a las amenazas o restricciones públicas.
Frente a las restricciones ideológicas y políticas modernas, la iglesia no debe pedir privilegios o limitarse a los templos, sino pedir denuedo para predicar en colegios, universidades y lugares públicos.
Dios no envió un manual doctrinal, envió un hombre: Jesús, el mensaje encarnado. Nosotros somos cartas abiertas. La gente no solo debe oír lo que decimos, sino sentir el amor, el perdón y la sanidad a través de lo que somos.
El apóstol Santiago nos exhorta a ser rápidos para oír y lentos para hablar. A veces hablamos demasiado y oímos poco. Recibir con mansedumbre la palabra de Dios significa someter nuestro corazón a Su gobierno.
No importa si no te sientes un gran orador o si crees que no tienes capacidad humana (como le pasó a Juan Carlos al empezar); Dios capacita a los débiles para ser anunciadores de su gracia y portadores de un mensaje que cambia la historia de la humanidad.